Un par de metros corriendo fueron suficientes para que una pregunta llegara a su mente. ¿Donde vive? Tenía una ligera idea, era una colonia con edificios coloniales, con colores llamativos y calles majestuosamente iluminadas por altos postes estilizados con ornamentos de acero fundido, semejando una enredadera. No queda a más de 15 minutos en transporte colectivo.
La estación de metro más cercana está a la vuetla de la esquina. Bajó las resbaladizas escaleras de dos en dos, importandole poco su condición. Llegó a la taquilla donde una señora limaba con toda su atención sus uñas. Pidió un boleto, sacó 10 pesos de su bolsillo, tomó su cambio e ingresó por un torniquiete que estaba tan flojo que se quedó dando vueltas después de su acceso. Un día una señora le pegó en la rodilla con un torniquete en estado similar, por eso se regresó y detuvo el andar del mismo. Esperó un par de minutos mientras el tren llegaba; el par de minutos más desesperante de su vida. Daba vueltas en su cabeza lo que le diría, la verdad, nada más, mientras caminaba por las losetas en círculos. Tenía la esperanza que lo entendería. Una repentina ráfaga de viento golpeó su cara, un claxon agudo estremeció toda la estación y un sonido parecido a la expulsión de vapor de la olla express secundó. El metro llegó y accedió en la puerta más cercana.
Tomó asiento en un lugar individual, recargó su espalda sobre el respaldo de los asientos dobles para ver a través de la ventana. Automóviles y conductores sufrían del tráfico infernal por un accidente en plena avenida. Bocinas y groserías invadían el espacio. Tomó sus audífonos de nuevo para concentrarse y trató de idear un plan para encontrarla. ¿Donde buscar? Todo espacio público sería un inicio. En la plática ella mencionó un lugar que frecuentaba con sus amigos debido a la cercanía y al ambiente con tintes familiares. Buscar un lugar con esas características en una de las zonas más populares en la actualidad era un reto complicado, pero el deseo de encontrarla era motivo suficiente para no dormir y ver esos bellos ojos, la mejor recompensa que alguien pueda ofrecer.
Llegó a su destino. Un par de novios bajaron junto a el. Caminó hacia la derecha cabizbajo, nervioso pero esperanzado. Observó cuan enamorados parecían estar los jovenes que iban a su par. -Que apropiado- en tono sarcástico pensó.
Salió del túnel agobiante del metro, y caminó hacia la primer calle que encontró. Mínimo siete bares en esa calle. Nada alhentador. Puerta tras puerta, ventana tras ventana esperaba verla. Siete bares, ella en ninguno,
Hasta que en la siguiente esquina vió este edificio tipo francés, similar al café donde la había visto en esa mañana. Se paró frente a el, observando los detalles arquitectónicos y una corazonada tuvo, había llegado.
El olor era un conjunto de madera antigua, café y cigarrillos que eran fumados fuera del recinto. El sonido de un lugar concurrido, vasos chocando, risas escandalosas, pláticas privadas que llegaban a sus oídos como susurros. Iluminación tenue, tanto en las mesas como en el techo. Afiches antiguos de licores y tabacos, todos enmarcados, colgaban de las blancas paredes. Al observar si detalle todas las mesas, prestó más atención hasta que sintió un golpe en el corazón. No estaba sola, no hablaban. Un beso duradero fue lo que presenció. Ahí despertó.
Eran las 6 a.m., la sala se sentía fría y el olor a tequila provoca nauseas. La ventana del comedor estaba abierta y el agua se había filtrado por ahí. Sobrepasó su límite de caballitos y se perdió en un sueño que causó una meditación profunda antes de ir a asearse. Tenía que trabajar.